5 de enero: almorzamos en Viterbo con amigos, un grupo fogueado en la cena de Nochevieja en casa de Tommaso, en Bomarzo.

5 de febrero, un mes más tarde.

9 de la noche: Estación Tiburtina, Roma. Vengo de un acto en apoyo de una nueva Constitución chilena que rompa definitivamente el vínculo con la dictadura de Pinochet.

Desde que vivo en la Tuscia viterbense me siento un poco como Cenicienta. Llamar un taxi y salir pitando a la estación es ya una costumbre: no puedo perder el último tren. El vagón va medio vacío y siento cansancio. Me quedo dormido y luego despierto con un repentino ataque de tos. Es una tos seca, anómala, con picor de garganta. Ya en casa, otro ataque de tos. Duermo poco y lo poco que duermo es más bien en duermevela.

6 de febrero: al día siguiente me quedo en cama, creo que tengo gripe, alguien me recomienda Tachipirina, que contiene paracetamol e ibuprofeno. Guardo cama durante siete días (que yo recuerde no me había pasado nunca).

En el grupo se comenta que a todos nos pilló esta gripe de febrero. Algunos me dicen que no me preocupe, que solo es una gripe. Otro de nosotros, Stefano, está en cama con fiebre. Me aconsejan reposo, sopita caliente, quizás una Tachipirina. Y hacer solo lo que sea forzosamente necesario.

Cama y tos seca que, de vez en cuando, se convierte en agudos ataques de tos, los cuales casi no me dejan respirar. Mientras tanto, mi gato se calienta al sol.

Ya en la sexta noche, estoy mirando la televisión cuando instintivamente me paso la mano por la frente. ¡Mierda, pero si tengo fiebre! Paolo me lo confirma. Él va a Viterbo cada día a dar clases, una vez a la semana lo hace en la Academia y el resto de los días en un instituto, pero la semana pasada sintió un dolor en el pecho, como si se lo estrujasen, y le costaba respirar. Terminó en urgencias. Tras tenerlo en observación durante horas, lo mandaron a casa.

Octavo día: a través del servicio de la Pro-Loco de Sipicciano consigo el número de teléfono del médico de guardia. Llamo, viene y me toma la temperatura. Me pide que tosa y hace algunas preguntas más. Antes de irse, me prescribe algunos antibióticos.

Sigo en cama. Con la dieta de antibióticos empiezo a sentirme mejor.

Tiempo antes habíamos sido invitados a Viterbo, a la casa de una amiga, que organizaba una especie de vernisagge, a la que acudieron numerosas personas. La atmósfera era agradable, copa de prosecco mediante. Los invitados se entretenían contemplando y charlando acerca de las obras expuestas y fueron muchas las que se vendieron. Al acabar, de vuelta para casa.

Unos días después, nuestra amiga se va recuperando de una fuerte gripe. Por casualidad, tras un chequeo y una radiografía, descubren que tiene una bronquitis a punto de degenerar en neumonía, detectada justo a tiempo. Mientras tanto, Chiara se marcha a Mauricio y Rosella debe viajar a las Maldivas. Por entonces, en Italia se contabilizan 39 infectados y dos fallecidos. Hay gente que anda por la calle con mascarilla y gel para desinfectarse las manos. Se suspende mi viaje a Chile, programado para el 20 de marzo, hasta nuevo aviso.

24 de febrero: Chiara no vuelve de Mauricio. Lo dice el telediario. O hacen cuarentena o regresan. No quieren a los italianos y si proceden de Lombardía, todavía peor. A Gianni, que la espera en el aeropuerto, lo entrevistan en las noticias. Rosella anula su viaje a las Maldivas.

El cuarto reverbera con la luz, y el resplandor que provocan las potentes lámparas se irradia a través de la puerta y las ventanas.

¡El problema existe, pero no se ve! ¿El ofuscamiento de la comunicación nos distrae y nos deja inconscientes? ¿O vemos tan solo lo que nos conviene ver?

El 11 de marzo de 2020 se anuncia la epidemia de coronavirus que, en breve, puede ser declarada pandemia.

Una atmósfera plana impide que la búsqueda expresiva se traslade a esta fuente de materiales de exploración, la cual comprende millones de personas protagonistas.

En conclusión, no es el contagio de la enfermedad lo que nos preocupa, sino la difusión del pensamiento de ese germen que nos corrompe/corroe y de la acción obsesiva, el odio y el amor, en la que seguir el propio talento nos ofrece una señal, expresando ansiedades y ataques.

Algunos amigos tienen dudas sobre el virus, publican entrevistas con presuntos científicos que nadie conoce, hablan de conspiraciones.

De un lado, permanece intacta la confluencia de caminos; por el otro, la conciencia de que no podemos ceder nuestro espacio a la gestión de quien produce barbarie o incluso a quienes la difunden.

Cada momento, no solo cada día, debemos vivirlo como si fuese la última cosa que nos fue concedida. El mañana no existe, así que liberémonos de él, limitándonos a vivir cada segundo. Esto me lo dijo una vez un poeta.

Era enero de 1988. Soledad Bianchi me llevó junto a Juan Luis Martínez, en Viña del Mar, ciudad próxima a Valparaíso.

Era considerado uno de los poetas más lúcidos de su generación, ya fuese por sus creaciones literarias, o bien por su erudición y talento como artista visual. Convaleciente de su enfermedad, padeció durante muchos años los efectos de la diabetes, la cual poco a poco fue socavando su vitalidad hasta causarle necrosis tubular aguda en los riñones.

Vivía con su familia en una casa modesta y, antes de llegar, habíamos tomado pollo asado y alguna bebida local cuyo nombre ya ni recuerdo.

Ese día, Juan Luis me regaló La nueva novela, obra que se encuadra en la poesía metafísica y la metapoesía, articulando uno de los discursos más disruptivos y elaborados de la literatura chilena. Se convirtió, además, en virtud de las múltiples dimensiones, lecturas e interpretaciones que permite, en fuente inagotable de controversia y estudio; ecos de una erudición expresada en un lenguaje difícil y que se inscribe en la tradición poética chilena que interroga los límites entre trabajo visual y escritura.

Me entregó el libro no sin antes componer y escribir a mano algunas páginas allí mismo.

Al abrir la obra, se asiste a un complejo compendio de citas, reales y ficticias, que construyen el juego de espejos en que acaba por convertirse el texto, fundado, asimismo, en una esmerada planificación que integra el elemento gráfico y objetivo como un aspecto más del discurso lingüístico-literario del autor.

Con el cariño por tu poesía y el abrazo fraternal de Juan Luis Martínez, Viña del Mar, enero 88.

Esa fue la primera y última vez que lo vi. Murió en 1993, con apenas 49 años, de un infarto fulminante.

Ese último día, antes que él mismo se extraviara
entre el desayuno y la hora del té,
advirtió para sus adentros:
«Ahora que el tiempo se ha muerto
y el espacio agoniza en la cama de mi mujer,
desearía decir a los próximos que vienen,
que en esta casa miserable
nunca hubo ruta ni señal alguna
y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza».

(«La desaparición de una familia», de Juan Luis Martínez)

El hombre puede ser, o al menos intentar ser, aquello que quiere. He ahí por qué el hombre es libre. Es libre porque su ser no es algo fijo y determinado, por tanto, no tiene más remedio que ir a buscarlo y esto (que tendrá lugar en cualquier futuro inmediato o remoto) lo debe elegir y decidir solo.

(José Ortega y Gasset)

Incursión, ataque, sirenas del cielo, pillaje de piratas. Deseando tener en cuenta los tiempos de conflicto, los actuales, que parecen diseñar de forma espectacular y cruel un nuevo escenario para los próximos años, he pensado que el arte, no pudiendo sustraerse a todo esto, amalgama, asalta, hace pillaje de todo, creando así nuevos signos, visiones evocadoras, hallando en el reflejo de unos y otras su propia espectacularidad y, en las mutaciones, visibilidad y provocación imperantes, sus potencialidades.

Recuerdo como si fuese ayer uno de tantos viajes a París. Mi primer viaje fue en autostop, acompañado de dos amigos muy ingenuos, saco de dormir a cuestas, en definitiva, tres personas bastante engorrosas.

El relato muestra el testimonio resultante, yuxtapuesto a un texto articulado (en primera persona) de un narrador que hace preguntas acerca de los peligros de historizar el presente, el significado de un monumento en un lugar de grandes proyecciones económicas, el anacronismo de un turismo de espectáculo y sobre las ideas del nacionalismo respecto de una identidad extranjera, basada en la experiencia personal de inmigrante. En este contexto, eres un inmigrante. ¡Punto!

Finalmente nos subimos a un tren fingiendo que nos habían robado.

La segunda vez llegué en tren y no se trataba de un viaje turístico, sino de conocimiento. Dos veces perdí el tren, teniendo que esperar al día siguiente para recomenzar el viaje. Es ahí donde las intersecciones perdidas de cualquier periferia, con las intervenciones de Ernest Pignon, devienen un rincón de poesía, un rubí, una hermosa gema que nos transporta a otra época, hecha de memoria, de historia. Conocí a Pignon, con José Balmes y Gracia Barrios, el pintor Guillermo Núñez y Soledad Bianchi, en su atelier, donde se percibía el perfume antiguo de la bohemia parisina de finales de los años setenta y del inicio de nuestro exilio.

Después, los viajes se hacen más frecuentes, hasta el punto de adoptar para siempre a mi amado Palatino, el tren que conecta Roma con París y me deja en la Gare de Lyon.

Aquel día que ahora deseo recordar, había llegado muy de mañana y justo después del obligatorio cruasán, oh croissant, auténtico símbolo de la pastelería transalpina. Pues, ¿qué desayuno sería merecedor de tal nombre sin cruasán en forma de media luna?

Ducha rápida en casa de mi amigo Felipe Tupper, zapatillas, jeans, calcetines y suéter, todo escrupulosamente rojo, y enseguida tren a Chantilly, donde me hospedaré en el hermoso castillo.

Ningún castillo que haya pertenecido al rey de Francia puede igualar el encanto, el charme, de Chantilly. La prestigiosa mansión presume de una arquitectura de ensueño y de un jardín proyectado por el mismo arquitecto que concibió Versalles. Sus fastuosas salas albergan un museo y una galería de arte.

Al mismo tiempo que me dan las llaves, me ofrecen la programación de los actos y encuentros que tendrán lugar a lo largo de dos días. La llevo conmigo a la habitación. Abro las ventanas y tras el primer impacto de unas vistas impresionantes, estoy en torno a la chimenea, copas de vino rojo, acompañado por el intelectual francés Régis Debray, quien partió a Bolivia con el Che Guevara y que, al parecer, no encuentra nada mejor que hacer que enseñarnos cómo se lleva a cabo la revolución. Somos cinco o seis personas.

Vuestra revolución no puede ser la realizada en otro lugar, con un partido a la cabeza. La guerrilla de todo el pueblo, ¡esa es la verdadera revolución!

¡Que así sea!

Cada vez que voy a París intento encontrarme con mis amigos poetas Felipe Tupper, Mauricio Electorat y Waldo Rojas, pero, sobre todo, frecuento a Irene Domínguez.

Nacida en Santiago de Chile en 1933, Irene Domínguez, pintora, se traslada a Europa, donde estudia arte en España y Francia.

Establecida en París en 1964, conoce a Wilfredo Lam, quien la introduce en el círculo de artistas de la ciudad. Para mí, Irene es París. Falleció recientemente. Estará siempre en mi corazón.

Entro en contacto con los jóvenes escritores latinoamericanos. Para nosotros, París forma parte del imaginario literario: escribir y no haber vivido en París, aunque no sea más que por un breve período, no es posible. Todavía se respira la presencia de Cortázar, de Alejandra Pizarnik. Sobre todo, no es posible no haber vivido en una chambre de bonne. Esta forma de alojamiento para la mayor parte de los extranjeros que deciden establecerse en París son minúsculas estancias que, originalmente, eran utilizadas como dormitorio por el servicio de las familias ricas que ocupaban las viviendas adyacentes. De confort mínimo, el baño a menudo estaba situado en el rellano exterior y era compartido con el resto de los usuarios de la misma planta.

Participo en los «Talleres Literarios», donde leemos nuestros textos, los confrontamos, los criticamos, muchos de los participantes vienen de México, hay alguno de Chile, huyendo de la dictadura, no hay ni un solo argentino, también algún hijo de un magnate del petróleo de Venezuela.

«Un esquema métrico preciso desarrolla una tendencia circular cuya veta alquímica, unida al carácter científico de la estructura, marca el proceso», me dice este último, despidiéndose porque ya llega su chófer.

«No se omite, por otro lado, el cortocircuito entre realidad y dimensión imaginaria. La ironía, el juego, el exceso de emociones provocadas en el espectador representan los componentes que generan en él tal condición», afirma uno de los mexicanos después de haber leído su texto.

Está el visitante, la proyección de un niño filmado en el momento de esnifar pegamento. Al recuperar esta secuencia de la historia del cine y proyectarla hacia una realidad de fuerte contemporaneidad, se propone la visión participativa de un estrecho contrapunto dialéctico. El señor que acaba de hablar se dedica a la escritura cinematográfica.

Un cuerpo solo que no es un cuerpo cualquiera, sino que, al contemplarlo, se convierte en nuestro propio cuerpo. Aquel que solo es él. La apropiación del propio yo que ya no está contenido en un solo cuerpo, sino que deviene la imagen del espejo que refleja la realidad: nosotros y, reflejándonos, el cuerpo colectivo. Digo. A mi alrededor se hace el silencio.

No hay impresión de una campaña aérea o una visión estratégica. Solo estamos golpeando los objetivos.

(Anónimo)

Al llegar la noche en que el alma
iba a serle reclamada
he aquí que al no aguantarse
la entregó una hora antes.

(Samuel Beckett)

Podría pensarse que contemplar un espectáculo de Beckett en París es lo máximo. Luego, el regreso a la normalidad, estoy en Roma y todavía sigo partiendo, en marcha hacia algún sitio.

Ni un billete ni una reserva pudieron convencer a la caterva humana que nos impidió, a mí y a otros centenares de viajeros, llegar a asumir compromisos contraídos tiempo atrás, como el de este agradable encuentro con Polignano a Mare, Rosalba, Michi, Claudio y el Palazzo Pino Pascali, que todavía no conozco.

Por eso, ahora intento compensarlo con esta presentación escrita, la cual os envío mediante esta santa paloma mensajera que responde al nombre de correo electrónico:

«Coexistencia» es un trabajo en video que se diferencia bastante del resto de la producción de Donna Conlon. Filmada en el bosque que rodea la ciudad de Panamá, es quizás la obra más próxima a una visión global de las conflictivas relaciones entre el género humano y el ambiente que lo rodea, y representa también, de alguna manera, una luz de esperanza, una reacción de la artista en el contexto de la invasión de Irak. Los bosques tropicales están llenos de hormigas «zompopas», hormigas podadoras, las cuales transportan trozos de hojas que emplearán como composta para sus colonias. Observando una de estas «procesiones», en el curso de una visita a Palenque, México, en 2003, la artista se puso a meditar sobre cómo hacerlas portadoras de un mensaje para transmitir en sus marchas diarias. Y así acabó diseñando en papel pequeñas señales de paz y pintó las banderas de los 191 países de las Naciones Unidas. Las hormigas recogieron tanto las hojas que cortaban como los pedacitos de papel dibujados por la artista, y la cámara documentó una hora entera de procesión. Conlon publicó a continuación un video resumen de unos pocos minutos, pero durante su elaboración, intentando seleccionar las banderas de aquellos países que habían sufrido desgarros y conflictos recientemente, se dio cuenta de que esa situación afectaba a casi todas las naciones.

En palabras de la curadora Virginia Perez-Ratton, se presenta como una reflexión seria, desde un punto de vista lúdico, esperanzador, sobre el valor de la conciencia y el poder de la colectividad.

Muchas gracias por la atención y la próxima vez será, cuando el día de las votaciones y las ganas de cambio no nos fuercen a abalanzarnos sobre los trenes, a ocupar las carreteras, dejando tirados a incautos poetas y curadores indefensos.